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Francisco: Papa “del fin del mundo”

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La elección del cardenal Jorge Mario Bergoglio de entre los 115 papables impactó al mundo, al instante que el “Habemus papam” fue anunciado por el humo blanco de la chimenea de la Capilla Sixtina, donde se posara previamente una gaviota blanca Argentatus. “Sabéis que el deber del cónclave era dar un Obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo…”, expresó apenas salió al balcón de la Plaza San Pedro.

Bergoglio fue elegido papa el 13 de marzo, el 266° del historial de la Iglesia Católica, tras la quinta votación cardenalicia. Sucede a Benedicto XVI, quien anunció el 11 de febrero que dejaría el pontificado por “falta de fuerzas”, despidiéndose públicamente el 28 con un “buenas noches” para convertirse en “un simple peregrino”. Este gesto inédito en el papado en centurias, una rareza en quienes ocupan puestos de relevancia en estos tiempos, permitió al purpurado argentino ser el primer pontífice jesuita de la historia, una de las órdenes religiosas católicas más preparadas para los desafíos, cuyo superior es considerado el “Papa negro”. Y el primero del “Continente de la esperanza” (Pablo VI, 1966).

Apenas salió a la palestra, por doquier resaltaron sus cualidades, personalidades y “gente de a pie”. Notas periodísticas y análisis de los más variados, aún desde los lugares más inesperados, dieron cuenta de su humildad, servicio al prójimo, apertura al diálogo y al amor fraternal. Se conocieron anécdotas de iniciativas que encabezó desde el mismo Arzobispado en los barrios más carenciados de Buenos Aires. Replicaron historias de cuando viajaba en subterráneo o en bus para ir a cumplir su tarea pastoral. Reseñaron su tarea interreligiosa, su promoción a la convivencia y al encuentro con todos, con el que está en “el llano” y con el “poder”.

Estas convicciones y su simpleza la exhibió desde el mismo momento de su presentación en la Plaza San Pedro, cuando inclinó su cabeza para que orasen por él antes de dar su primer bendición “Urbi et orbi”. Y viene casi instantánea a la mente, al observar sus primeros pasos, una expresión de la Madre Teresa, estandarte de la práctica del mensaje ecuménico del Evangelio: “El fruto de la fe es el amor, el fruto del amor es el servicio y el fruto del servicio es la paz”.

“Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio”, dijo el 19 de marzo al ser entronizado ante unos 200 mil fieles, y cientos de millones que siguieron el acto por TV o Internet, y ante la presencia de dignatarios religiosos de distintas tradiciones y jefes de Estado y de gobierno de 132 países. La unidad “será nuestro mejor servicio en un mundo de divisiones y rivalidades”, expresó al día siguiente ante referentes mundiales de distintas denominaciones cristianas, ortodoxos, musulmanes, judíos, budistas e hinduistas. Poco antes se reunió en audiencia privada con Bartolomé I, Patriarca Ecuménico de Constantinopla, líder espiritual de unos 300 millones de católicos ortodoxos en el mundo, cuyo representante no participaba de una misa de inicio de un pontificado desde el cisma de 1054, que dividió la cristiandad entre Roma y Constantinopla (Oriente y Occidente).

“Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: Seamos ‘custodios’ de la Creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente (…) Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. ‘Custodiar’ quiere decir, entonces, vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad…”, invitó a todos en la homilía que inauguró su papado.

Bergoglio recordó ante el cuerpo diplomático de 180 países acreditado en la Santa Sede, el 22 de marzo, que “uno de los títulos del Obispo de Roma” es el de “Pontífice: el que construye puentes, con Dios y entre los hombres”. En la ocasión cuestionó sobre la cantidad de pobres y la “pobreza de espíritu”, y la “dictadura del relativismo”, citando a su antecesor Benedicto XVI. Al día siguiente se abrazó con este en la residencia de Castelgandolfo, en un hecho inédito en dos milenios. “Somos hermanos”, le dijo. El vocero vaticano informó que fue “un abrazo lindísimo”, entre el Papa emérito, avejentado por los años (85) y su pasada “carga” en el ministerio petrino, y el recién ungido del Nuevo Mundo, quien sostiene una serena sonrisa.

El nuevo Papa luce como una buena señal de los nuevos tiempos, en concordancia con el “sueño original” anunciado en los libros sagrados de las distintas tradiciones espirituales, de convivencia fraternal. Fiel a aquel mandato de una popular oración atribuida a San Francisco, en quien se inspiró para su nombre y tomó como uno de sus guías: “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz”.

Palabras y gestos. Signos que parecen revivir las profecías de distintas culturas que catalogaron esta época como los “últimos tiempos”. No del “fin del mundo” catastrófico de interpretaciones literales de las escrituras, sino de cierre de un ciclo y comienzo de otro, de cambio de enfoque y sistema de valores. Regreso al eje de la espiritualidad y a la práctica del amor universal centrado en Dios, esencia de sus criaturas, como la clave del Nuevo Cielo y la Nueva Tierra.

“Hermano Sol, hermana Luna”, decía el santo de Asís con la paz que brota del corazón en una época oscura y de imperiosa necesidad de cambios. “Ut unum sint”, “que sean uno”, recordó palabras de Cristo el nuevo líder espiritual que emergió al orbe desde un país “del fin del mundo” ante una audiencia interreligiosa en la Sala Clementina el 20 de marzo: para “ser capaces de dar testimonio libre, alegre y valiente”.

Al retomar aquel legado, en un tiempo de crisis de grandes dimensiones, alumbra la esperanza. Invita a renovar el compromiso a todos.